Ángeles Violados, Kôji Wakamatsu nos Profana con la Cámara

Ángeles Violados, Kôji Wakamatsu nos Profana con la Cámara
15 diciembre, 2016 D. Lazarini

El depravado y ofensivo realizador japonés Kôji Wakamatsu oscila entre los cineastas más transgresores y explícitos del circuito experimental de finales de los sesentas, siendo uno de los padres del Pinku Eiga: películas de explotación serie B exclusivas del Japón que se encuentran rozando los limites entre la pornografía y el erotismo sin pertenecer a uno u otro.

El Pinku se localiza justo en la zona que busca evadir los filtros de censura del gobierno japonés, sin buscarlo Japón y su escena de pervertidos subterráneos desarrollaron un estilo personal dentro del Sexploitation asiático, Wakamatsu se encontraba a la delantera después de haber trabajado para los estudios Nikkatsu y dirigir una considerable cantidad de producciones de carácter “PINK”, los problemas con la censura y el moralismo de las entidades gubernamentales que tenían los ojos encima de Nikkatsu alentaron a Kôji a emanciparse y formar su propio estudio. A partir de este momento la violencia, la sexualidad y la revolución se conjugaran en un fórmula que utiliza como detonante el acto de violar.

Cada que tengo el gusto y la oportunidad de ver una película de Kôji me ha dejado claro la clase de realizador con el que estamos tratando, un completo demente que se enfrenta sin temor  a la censura gubernamental que existía en Japón a finales de los 60s. Ángeles Violados (Okasareta Hakui) de 1967, no es la excepción, tomando de fuente primaria el terrible caso de Richard Speck, asesino serial de Chicago que se introdujo a un dormitorio de estudiantes de enfermería para torturar, violar y asesinar a ocho adolescentes, Wakamatsu lleva la historia a una pesadilla experimental de proporciones visuales asombrosas, con una sencillez que no se deja impresionar por lo reducido del presupuesto; los pasajes oníricos de Ángeles Violados nos transportan a un escenario de paz y agresión simultanea, intervalos de violencia que hasta cierto punto no son tan extremos para los estándares de hoy en día, sin embargo para 1967 material como este resulta ofensivo, agresivo y despreciable, sumándole la carga de violencia visual que se genera a partir del ritmo de los inserts de reptiles y pornografía, imágenes que preceden los instantes explosivos del agresor que tiene a su merced un squad completo de jovencitas enfermeras.

 

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El sonido imperativo de principio a fin del viento aderezado con las olas del mar son un somnífero que induce a une estado hipnótico, la marea se encarga de proporcionar el tempo que nos conducirá por los angostos pasillos del dormitorio de señoritas en los que se percibe una vibra de aislamiento producto de las olas que generan una tensión y angustia graduales, la desesperación y el colapso nervioso son producto de la violencia inmóvil con el que el director está tratando las escenas, movimientos de cámara bruscos que suceden con la habilidad de la calma meditada, una constante contradicción se gesta en el film, la ausencia de diálogo es interrumpida en unas cuantas ocasiones siendo suficiente para entroncar y ajustar el plot que conforme fluye se va degenerando en un delirio político que bombardea imágenes.

 

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El asesino ha sido vencido por la naturaleza, la feminidad que el asocia con lo naturalidad se burla de su incapacidad para satisfacer los placeres de la carne, su impotencia se traduce en una violencia inútil como agredir al mar con un arma de fuego…

Tomas, secuencias y rebanadas de un solo escenario son la estructura en la que está construida Ángeles Violados, con un blanco y negro penetrante que es interrumpido agresivamente por escenas de color que acentúan las emociones proporcionadas por el film; uno de los grandes clásicos de la violencia sexual Pinku.

 

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D. Lazarini