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De la Ignorancia como Cobardía

De la Ignorancia como Cobardía
19 septiembre, 2018 Renato Leduc

Aislamiento, desidia, incomprensión son, quizá, sólo algunos sentimientos derivados del pensamiento, de la reflexión continua que nos lleva, inevitablemente, a un trecho accidentado, donde espera, comprensiva, al final, la tristeza. Hacer referencia al presente es una muletilla propia de este autor, probablemente imitada de otros tantos que han conjugado futuro y pasado en el ahora. La lectura de un texto como Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento me arrastra, una vez más, a esta necesidad. (George Steiner – Fondo de Cultura Económica/Siruela 2018.)

Según Leo Strauss, desde la antigua Grecia el pensamiento era visto como un riesgo más que como un atributo si éste se desbordaba más allá de las necesidades de la ciudad. La persecución y ejecución de Sócrates, además de ser paradigmática en Occidente, es un síntoma del antiintelectualismo latente hasta nuestros días. Es común, en el presente, escuchar a alguien hacer una crítica escueta sobre el estudio constante, hablar sobre el despropósito de una profesión y los cientos de atributos que trae consigo el autodidactismo, sobre lo práctico por encima de lo teórico. Como la política, desprestigiada por el actuar negativo de la administración pública; como la religión, avasallada por la violencia y la inmoralidad de la iglesia, el pensamiento se ha visto afectado por el eclecticismo y la arrogancia de las instituciones que lo representan.

 

 

Entonces, como apuntaba Asimov, ¿el antiintelectualismo es propio del culto a la ignorancia, una ignorancia sujeta necesariamente a un contexto democrático en el que la opinión del tonto tiene el mismo valor que la del inteligente? Según George Steiner, esto tiene matices, casi demasiados como para caer en un simple cuestionamiento. Como buen judío, la idea que desarrolla este crítico norteamericano en sus Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento tiene algunos coqueteos con el Antiguo Testamento, principalmente con el Eclesiastés: “Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”.

Por tanto, podríamos decir que el antiintelectualismo actual no venera la ignorancia sino que huye del dolor, de esas incertidumbres que surgen al preguntar una y otra vez sobre el propósito del ser, sobre las posibles soluciones a las vicisitudes diarias a las que se enfrenta el alma, sobre el simple porqué de las cosas. El antiintelectual es aquel individuo que no reniega del pensamiento pero sí de sus consecuencias, cegado por la inmediatez de sus acciones, sujeto a una causalidad que nunca podrá controlar.

Porque, como sugiere Steiner, el verdadero pensador sabe que hasta el pensamiento del hombre más idiota es un gesto elevado, una pulsión que va más allá de la comprensión de un tercero. “Pensar el pensamiento” es una de nuestras primeras condenas, ya que siempre habrá algo más –dentro de un halo místico e incluso científico– que, paradójicamente, nos limite y nos lleve, sin mayores esfuerzos, a la incertidumbre una vez más. En este contexto, y para regresar al ahora, las certezas, siempre parciales y maleables, son los paliativos a los que acudimos cuando la cabeza ya no da más de sí, y quizá no ha existido otra época más abarrotada de éstas como la nuestra.

 

George Steiner by John Hedgecoe ©

 

¿Por qué razón muchos sistemas de salud a nivel mundial alertan sobre la depresión como una de las enfermedades más invalidantes del futuro si el presente apunta a que sabemos más de nosotros mismos como ningún otro antepasado? Porque las certezas, como cualquier analgésico, detienen el dolor un tiempo pero nos hacen menos tolerantes a éste, al grado de potenciarlo más y más a cada regreso.

Este pequeño libro de Steiner, una pieza de una consistencia inusitada, no es, como podría pensarse, una apología de la melancolía, un anacrónico texto romántico que enaltece la tragedia derivada de ese “ser o no ser” hamletiano que tiene un cómo concreto pero un porqué fantasmagórico. Esta breve publicación es, más bien, una defensa sutil, casi siempre velada, del riesgo que implica la reflexión, del solipsismo al que están aprehendidos todos aquellos que tienen el valor suficiente para cuestionar no sólo sus acciones sino los pensamientos que las detonan; los que van un poco más allá, que caen de golpe cuando la realidad escupe el lenguaje y sus metáforas porque no embonan en sus necesidades; esos que saben que “la máscara se lleva por debajo de la piel”; los que caen en cuenta de que “el pensar es algo supremamente nuestro” cuando se revela que “No hay democracia en el genio” y que sólo “están los pocos que se ven obligados a aferrar el relámpago con las manos desnudas”; o esos que reconocen que “el dominio del pensamiento, de la misteriosa rapidez del pensamiento, exalta al hombre por encima de todos los seres vivientes. Sin embargo, lo deja convertido en un extraño para sí mismo y para la enormidad del mundo”.

Una vez más, Steiner nos previene: no confundamos a la desidia con el dolor, a la pereza con la cobardía.