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El Camino Hacia Abajo: El Caballo Rojo de la Desesperanza

El Camino Hacia Abajo: El Caballo Rojo de la Desesperanza
13 septiembre, 2018 David Basilio

Alemania siempre ha sido un eje primordial para el desarrollo vanguardista en todas las áreas del pensamiento y las formas expresivas; de la ciencia a la pintura, de la filosofía al arte tecnológico, no hay espacio libre de la cepa germana. Y las letras resultan ser un terreno tan fértil que los nombres se escurren en la memoria por toda la información que Internet provee. Así, en ese estado de estupor permanente, llegó a mis manos El Camino Hacía Debajo de Franz Jung, libro editado por primera vez en 2017 por Pepitas de Calabaza. Soy de los lectores renuentes a adoptar el PDF como medio de lectura, así que imprimí las casi 500 hojas y me dispuse a llevar mi bulto estorboso todos los días en el transporte público, el lugar donde más tranquilo me siento leyendo.

Me gusta la idea de reseñar este libro de forma más anecdótica que analítica, y eso se debe a su naturaleza ligada a una epopeya, no clásica sino revolucionaria y modernista. El subtítulo de la edición dice: Consideraciones de un revolucionario sobre una gran época (1900-1950). Estas palabras amedentran si no eres historiador o amante de las ciencias sociales, pero la realidad se devela desde sus primeras hojas, donde reconozco inmediatamente las chispas doradas de la furia y la inconformidad que harían famosos a Henry Miller y Céline, mi sorpresa es inmensa al encontrar un predecesor de estas dos bestias de la literatura bajo la detestable aura política de las impotentes revoluciones.

Se trata de un recorrido de 50 años a través de la memoria de un ser prodigio y saturniano, esos condenados a una existencia miserable según Verlaine. Jung es un hombre que detesta sus raíces prusianas, un crítico inquebrantable de los valores sociales que busca reescribir la historia de forma más digna, más ética, más ácida y por tanto más real, si es que ese adjetivo puede usarse en la mancha putrefacta y amorfa que es la historia oficial de cualquier nación.

Su testimonial lo acredita como un inadaptado con una suerte escabrosa: un escritor que odia los libros, un genio musical que no le encuentra valor ni sentido a la música, un dramaturgo lisiado, un revolucionario que no buscó la revolución, todo en Franz significa rebelión. Su existencia a lo largo de 4 capítulos es una contradicción total, y no puede ser de otra forma, porque para ser un radical verdadero no hay que estar en contra de algo, sino de todo, incluso de uno mismo.

Sus dotes como escritor le podrían haber abierto las puertas en los círculos vanguardistas en Alemania, pero se decidió por hacer carrera escribiendo gacetas de economía para alguna firma de la bolsa de valores. Quien diría que ese ambiente de precios y cifras lo llevaría a unirse a los movimientos anarcosindicalistas y tiempo después a ser pieza clave en las ligas espartaquistas. La relación con las figuras del arte se volvió cercana solo después de su inclusión en el Partido Comunista. Su reputación era la de un hombre con convicción y agallas, pero sin un rumbo bien definido, una encrucijada. Durante un buen período se encargó de trabajar en imprentas clandestinas para la creación de propaganda revolucionaria junto a muchos poetas, su trabajo periodístico y anarquista lo volvió influyente en todos los círculos intelectuales durante el inicio del siglo XX, y  aún así, nunca cayó en las garras de la bohemia o de los aristoartistas, siempre fue un solitario a la deriva que de la noche a la mañana se encontraba planeando ataques terroristas para detonar el levantamiento de una nación a punto de ser condenada a la dictadura del Reich.

¿Te imaginas tener un don para el arte y preferir volverte una pieza amordazada del comunismo soviético? Pues así fue la vida de Franz Jung. Este hombre intercambió palabras, planes y saludos marciales con Lenin y Trotsky, con Rosa de Luxemburgo y demás anarquistas famosos. Formó parte del milagro económico que prometía la URSS a todas las naciones que decidieran unírseles, claro que eso era solo una gran mentira. Su convicción e inteligencia revivió fábricas hechas trizas y las puso en marcha, le dio trabajo y sustento a miles de pobres desgraciados por el régimen más maldito y genocida de la historia. Nunca respetó la normatividad del partido, ni la de su conciencia y tal vez sea por eso que su trabajo durante la época dorada de los rojos sea una de las pocas acciones benéficas ligadas a este periodo.  La actitud sobria para seguir ordenes escondía una natural irreverencia, algo que sin duda fue suicida y a la vez heroico.

Gracias a la profunda inmersión en las entrañas de ese sistema político, le fue posible ofrecer un punto de vista brutal, una explicación realista y una crítica capaz de destruir todas las esperanzas de un cambió social a partir de una colectividad. Por otra parte, el efecto de sus palabras en la actualidad sirven para abofetear a todos los fanáticos que hasta el día de hoy siguen promoviendo algún tipo de pensamiento rojo. Para mí, alguien que solo busca sobrevivir y no persigue un objetivo ideológico o monetario durante una revolución, tiene mi voto de confianza. Por qué le habría de creer a Marx toda su cháchara política si nunca experimentó lo que es trabajar. Ya quisiera haberlo visto en una fábrica de cerillos en las localidades más alejadas del Volga ayudando a los habitantes de dicha región a impedir su extinción. ¡No! Ese tipo que pregonaba la libertad y crecimiento social unificado nunca estuvo ni cerca de los problemas y mucho menos de los logros que un solo hombre –Fran Jung- alcanzó. Fue una especie de soldado desconocido que libró batallas dignas de la inmortalidad o al menos de una película.

Todo movimiento revolucionario está destinado al fracaso. Que increíble es leer esta conclusión en una época donde en todo el mundo se aspira a ese ideal fantoche. A lo largo de este libro biográfico e histórico, el autor nos expresa con un poco de melancolía y decepción, la verdadera cara de la humanidad, una donde nadie se preocupa por nadie excepto si hay una recompensa. Exhibe la estupidez que significa creer en un estado mesiánico cuando la burocracia está en nuestra sangre, no hay esperanza en sus palabras ni para su trabajo como artista ni para el mundo. Me complace saber que un hombre que vivió tan de cerca dos guerras mundiales, una revolución social y el fracaso de otra, ponga el dedo en la llaga; los seres humanos están destinados a exterminarse unos a otros y no hay poder que los detenga.

El análisis crítico y poético sobre la incapacidad de formar un mundo igualitario pone en vigencia el texto, y es lo que me llevo del Camino hacía abajo. Por más triste que parezca, la realidad nos ha azotado durante 2018 años con un solo mensaje: La extinción y el sufrimiento eterno son inevitables. Y si no le crees a Jung, entonces créele a la otra historia que está en los libros de texto escolares, y verás que la barbarie nunca ha cesado, aún si te venden la fantasía del progreso.