El meteorólogo: Hombres, no os matéis unos a otros

El meteorólogo

Olivier Rolin

Libros del Asteroide (2014)

186 páginas

 

Me permitiré, quizás sólo esta vez, un diálogo más cercano, más íntimo, si se quiere, con el lector. No lo hago para justificar a través de experiencias personales la lectura de este libro de Olivier Rolin. Las palabras, como siempre, tienen un peso importante en este texto; sin embargo, las acciones que las han conducido hasta el presente también tienen un lugar en la balanza.

Recuerdo vagamente la presentación del libro de un escritor cubano exiliado. Como todas las de su tipo, estaba llena de estudiantes llevados a la fuerza y profesores que preferían estar en otro lugar. El contenido de la obra en cuestión, su calidad, pasó a segundo plano cuando el autor caribeño respondió al cuestionamiento sobre su posición frente al castrismo: “De joven uno es revolucionario; el sentimiento de rebelión se desvanece poco a poco a la mediana edad. Es un proceso natural, no te preocupes, ya te pasará a ti”.

El auditorio, interesado ya en el hombre, respondió con violencia. Les parecía inverosímil que alguien experimentara tal mutación, que otro no compaginara con su parecer del mundo, de la realidad. Después del bullicio, vino la soledad para todos. ¿A qué ímpetu respondíamos? O, peor aún, ¿a qué ideología?

Después de esta breve introducción (si es posible llamarla así), el lector podrá, hasta cierto punto, entender el impacto que tuvo El meteorólogo en mí. Nunca sobrarán obras sobre las víctimas de los excesos, o más bien, del proceder habitual de la Unión Soviética. Basta mencionar nombres como Nadezhda Mandelstam, Aleksandr Solzhenitsyn o Mijaíl Bulgakov para tener un espectro claro de esta temible época y sus dolorosas consecuencias.

 

 

El libro de Rolin, que le hizo merecer el Prix du Style (2014) en Francia, es una aportación relevante a esta bibliografía por diversas razones. Una de ellas, la más importante, a mi parecer (insistamos en el determinante posesivo), es que saca de la tierra, literalmente, la historia de un hombre siempre interesado en el cielo: Alekséi Feodósievich Vangengheim, científico que fue jefe del Servicio Meteorológico de la URSS hasta que, como muchos otros, fue acusado de traición.

¿Qué es un héroe y qué es un cobarde en el presente? Al primero se le busca en cada esquina, en ese rostro anónimo o, peor aún, en el espejo; al segundo se le deplora, se le señala, se le sienta a un lado del hombre común, no se le comprende. Vangengheim era eso: un hombre común, sin aspavientos, fiel a sus convicciones, sin el temperamento necesario para cuestionarlas incluso cuando éstas lo llevaron a su tumba. Un héroe tiene resuelta la vida; el cobarde tiene que abrirse camino en ella.

Rolin, por medio de una investigación exhaustiva, dolorosa, personal, recupera la historia de este científico venido a menos. Durante el primer acercamiento a El meteorólogo sentí una franca intromisión del autor con la historia verdadera que narra, lanzando a diestra y siniestra adjetivos como “cerdos”, “asesinos”, “cabrones” para referirse a los verdugos de esos años, incluyendo, claro está, al “héroe” Stalin. Llega a ser tan incisivo en sus juicios sobre la vida de otro hombre, que las palabras de las personas que componen la anécdota se confunden con las suyas o se diferencian con un simple “escribe”. Los más burdos puristas lo tacharán de poco objetivo, incluso de hereje al tratar un tema tan delicado. Yo, al contrario, encuentro su estilo como un gesto solidario con aquel hombre que murió teniendo fe en el criterio de sus verdugos.

 

 

Para este momento es necesario apuntar que el libro no es una ficción, pero tampoco se trata de un texto erudito, plagado de citas y referencias. Hablamos, más bien, del testimonio de alguien que perdió su voz en los helados bosques de Siberia y que, por el paso del tiempo, se descongeló frente a Rolin, gracias al azar, para que éste lo reprodujera con sus propias palabras.

El meteorólogo es un intento por reanimar lo humano de aquella Rusia desprotegida: “Hoy nos alarmamos y con razón por los riesgos de ver reaparecer la inhumanidad en Rusia, pero nuestras alarmas serían más creíbles si hubiéramos prestado atención a lo que en la historia de ese país fue humano y esa humanidad fue, en primer lugar, la de las víctimas”. También es un fiel retrato del desencanto, de ese proceso de transición, impreciso, claro está, de ir de la ideología partidista a un posicionamiento más prudente que responde a la memoria. Si somos estrictos, no puede haber un desengaño si al principio no hubo embelesamiento.

Más que una recomendación, el texto presente es una pulsión, un síntoma de lo que puede causar un libro como El meteorólogo. Rolin adjudica el triunfo del capitalismo a nivel mundial al “terrible final de la esperanza revolucionaria”. Y está en lo cierto. Sin embargo, como Vangengheim, es necesario saber acabar con esa esperanza día a día, poner en duda eso que alguna vez nos definió, dejarse llevar un poco por el “yo” antes del “nosotros”, retar al tedio escribiendo cartas a la familia que ya no podremos ver, pensar en el cielo dentro de una celda fría, y seguir alimentando la memoria para que del pasado no sólo aprendamos que “la descomposición de los cuerpos provoca un hundimiento del suelo de entre diez y treinta centímetros y ese es uno de los indicios que permiten localizar una fosa común contigua”; para que los cadáveres no sean los cimientos frágiles de nuestro presente.

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Renato Leduc

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