Fin de la Civilización: Exopotamia

Fin de la Civilización: Exopotamia
19 abril, 2016 Gerardo Peralta

Tiempo después de que fuese acusado de violento y pornográfico y de que su pluma se atragantara en la moral y las buenas costumbres francesas propias de la época (situada cerca de alguna fecha bajo el calendario patafísico correspondiente al año 1947 de nuestro calendario), Boris Vian toma el autobús 975 directo a la sátira de una sociedad burocrática y de un régimen eclesiástico en medio de un escenario parisino de la posguerra, a un lugar llamado Exopotamia, donde a manera de pieza musical divide su obra, primeramente, mostrándonos las posibilidades de la locura y el absurdo para posteriormente entregar tres movimientos que vorazmente narran un triángulo amoroso dándole vida a Otoño en Pekín.

Los personajes se desenvuelven dentro de los confines de lo impredecible, al tiempo que se ven involucrados en un proyecto de construcción ferroviaria que lleva directamente hacia el fin de la civilización: Exopotamia.

 

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A medida que se avanza en la lectura, es imposible ignorar el hecho de que el universo de este libro está construido enteramente bajo las coordenadas de múltiples disciplinas artísticas y científicas, las cuales el autor ostentaba dominar con facilidad, dándole a la obra un carácter blasfemo y transgresor desde diferentes ángulos, esto es precisamente lo que logra romper con la más pura lógica aristotélica de dos únicos valores contrapuestos. Su contundente y vasto dominio del lenguaje lleno de neologismos, aunado a su peculiar estilo narrativo plagado de caos, lleva al lector al borde de la confusión sin permitirle adelantarse o sacar conjeturas equívocas. Por último, es imposible no entrar en un estado catárquico para consumar con un golpeado regreso a la realidad en donde no hay espacio para la fantasía.

 

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