Purga para el Hombre Enfermo de Aceleración

Purga para el Hombre Enfermo de Aceleración
2 abril, 2018 Renato Leduc

El tiempo regalado: un ensayo sobre la espera

Andrea Köhler

Libros del Asteroide

 

Michael Oakeshott asumió como un desorden mental la necesidad de conocer o enterarse de todas las noticias que surgían día a día. ¿Suena un cascabel, una campana? Más allá de adjudicar un carácter profético a la palabras de Oakeshott, es importante percibir, a su luz, la aceleración desmedida del fenómeno de la comunicación en la actualidad.

Parafraseando a Karl Kraus, hoy percibimos que lo primero que nos llega es la noticia y después el mundo; que la información, mas no los hechos, son los que dan forma a nuestra realidad. Por más veloz que sea un jet o un caza, no podrá ir más rápido que un posteo de Facebook o Twitter sobre un bombardeo con miles de muertos, entre niños y mujeres embarazadas. El aumento de la necesidad por saber qué pasa del otro lado del planeta, pero no qué lo causa, está llegando a niveles alarmantes. Pensar este fenómeno como algo patológico no es negativo; al contrario, quiere decir que existe alguna forma de compensarlo. Podríamos decir que el contrapeso, la cura, de esta inquietud derivada de la dependencia por la velocidad es la espera, la contemplación del tiempo, la lentitud.

Andrea Köhler, autora alemana, ensaya sobre este tema, sobre esa pasividad que necesita la mente para construir un futuro, reordenar el pasado y palpar el presente, en su más reciente título traducido al castellano, El tiempo regalado. Con un discurso bien estructurado y a la vez poético –un estilo no se opone al otro necesariamente–, Köhler habla sobre esos momentos determinantes que siempre están marcados por la incertidumbre que nace de las acciones del otro y de las cosas: esperar a un ser amado, esperar a que termine la lluvia de aquella tarde, a que todo mejore o empeore. Al fin, un trágico juego de poder con el azar.

 

Andrea Köhler

 

Al recuperar figuras importantes de la literatura y el pensamiento en Oriente y Occidente, la escritora retrata en pocas páginas -168- las pulsiones que ha generado la espera a lo largo de diversas épocas. Quizá una de las más interesantes es la que alude a Sherezade, voz conductora de Las mil y una noches, quien salva su vida a través de la espera, de pausar cada noche el desenlace de sus historias para que Shariar, rey insaciable que desvirgaba a una mujer para al día siguiente decapitarla por despecho, no la llevase al mismo fin que sus predecesoras. (A riesgo de evidenciar ignorancia, parece ser que Sherezade está totalmente ausente del feminismo de la tercera ola y, a mí parecer, es sumamente necesaria).

Otro personaje que Köhler recupera es Penélope, uno de los símbolos más transparentes de la espera, más fuertes, ya que en ella se conjuga el paso del tiempo con la narración, haciéndonos entender que las palabras, así como los hechos, siempre están sujetos a algo o alguien que está por llegar. La desesperación, como sucede en la Odisea, puede llevarnos a la muerte, a caer a mitad del camino; la paciencia, a casa.

En el contexto más inmediato, en el emocional y material, es decir, en el psicológico y el laboral, la contemplación se ha convertido en un despropósito. Ya Walter Benjamin había advertido sobre los excesos de un sistema de producción creativo en serie. Obras tan exigentes como En busca del tiempo perdido son inverosímiles en nuestro presente, tanto en su creación como en su lectura. La contemplación es un síntoma afín a la pereza y no a la reflexión. Se admira el exceso  y no el detalle; la explotación y no el descanso.

Más allá de las consecuencias económicas que trae consigo el aceleramiento de los procesos de producción, sea cual sea su resultado final, el problema que Köehle identifica es que este vicio se ha trasladado a un contexto más inmediato, más vital. Negar la espera es negar la posibilidad de hurgar en los entresijos del ser, andar a ciegas por un cuarto con objetos deformados por el movimiento, caer en “una muerte sin fin”. Porque, según la escritora, nacer es inaugurar una espera, la espera por la muerte. Ser conscientes de ese inicio y final, de ese lapso que deseamos eterno pero que a cada segundo recordamos limitado, es uno de esos aspectos que nos hace realmente humanos.

El tiempo regalado funciona como analgésico emocional invertido: nos hace conscientes del dolor en vez de ocultarlo para así lidiar con éste de mejor forma a largo plazo. Andrea Köehler, como cualquier filósofo, comprende su presente con los cristales sustraídos del pasado, y sabe que ser conscientes del tiempo es necesario para no recibir el golpe de nuestro reflejo avejentado, de esa persona que nunca se detuvo por convicción hasta estrellarse consigo misma. Siempre hay que preferir las cicatrices de una operación que gestar en nuestro interior un órgano enfermo.

“Entonces, ¿esperar sería seguir dándole vueltas a la escena original del abandono, una interminable dilación de la separación que siempre fue? Yo aquí, tú ahí. Atado al potro de la incertidumbre, el que espera experimenta a cada segundo que está en manos del tiempo. Merma instante a instante. Va encogiéndose a medida que espera hasta formar un único punto candente: ¡nunca más!”.

 

 

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Renato Leduc

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